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Solemnidad de Corpus Christi
Catedral Metropolitana
Sábado 13 de junio de 2009


La solemnidad del Cuerpo de Cristo, queridos hermanos y hermanas, nos congrega para que podamos asumir toda nuestra vida según el corazón de Dios, según su deseo. En esta celebración hemos de entrar en el misterio mismo de nuestra salvación que se concentra en los grandes acontecimientos de la Pascua: la Pascua judía como liberación de toda esclavitud humana y religiosa; la Pascua del Señor que se configura como misterio de salvación donde el cordero pascual de la antigua alianza se convierte en el Cordero del Hijo de Dios, de la Nueva Alianza, cuyo Cuerpo y Sangre son entregados para la salvación de toda la humanidad.

Es lo que celebramos en cada Eucaristía. Y por eso, esta celebración es al mismo tiempo Acción de Gracias. Es Jesús resucitado quien anima al pan y el vino para que se conviertan en su Cuerpo y su Sangre a través de las palabras de la consagración dichas por un sacerdote. Nos damos cuenta que el reconocimiento de este memorial, esta actualización, no es una mera memoria de la última cena del Señor, sino una realización plena de ese misterio, de su donación total al Padre que lo envió a salvar al mundo; es realmente un reconocimiento atestiguado por los apóstoles y los sucesores de los apóstoles; reconocimiento y confirmación que encontramos en la carta a los hebreos. 

En la Eucaristía, Jesús, el Hijo de Dios, está presente. Por eso nos sentimos congregados por el Cuerpo de Cristo. La fe nos mueve para que formemos parte de esta celebración, para que nos comprometamos con su sacrificio, con su donación; para que entremos en ese contacto íntimo en su cuerpo místico, sabiendo que Él es la cabeza y nosotros los miembros.

No podemos banalizar este sacramento; no podemos dejar que las corrientes secularizantes lo conviertan en un mero festín religioso o pseudo-religioso, si se quiere. Hemos de celebrar cada Eucaristía con la unción de nuestra consagración sacerdotal, con la unción de la consagración del diaconado para el servicio al altar, y hacer que Cristo llegue a todas las personas, aún a aquellas que están lejos de los templos.

Este misterio que celebramos debe convencernos que nuestra vida no puede ser llevada a tientas, sino que tiene que ser realmente un compromiso de adhesión, de crecimiento en la fe, de reconocimiento del lugar de lo sagrado en las cosas temporales.

Desde la Eucaristía nos damos cuenta que debemos valorar la unión entre el hombre y la mujer también como un sacramento; sacramento que hace posible que la familia de Dios pueda continuar en este mundo y que esa familia pueda reconocerse como tal en cada Eucaristía. Hemos de reconocer que el diaconado, el presbiterado y el episcopado tienen su sentido primero y último en la Eucaristía; es para celebrarla que los sacerdotes son ordenados, y surgen los obispos de entre ellos. Es el primer acto sagrado que configura todo el orden sacerdotal. Es por eso que la consagración del sacerdote y del obispo no puede ser llevado en la superficialidad, en hacer que el tiempo se haga cargo de las cosas, sin ese compromiso hondo y serio de que uno consagra el Cuerpo y la Sangre de Jesús, sabiendo que en ese momento uno es instrumento vivo de Jesucristo, que celebra su propio sacrificio y su propia resurrección.

A mis hermanos sacerdotes, a nuestros queridos diáconos, a los seminaristas en preparación para el presbiterado: no banalicen jamás este gran privilegio, este llamado único que el Señor nos ha hecho. No dejemos que las corrientes de este mundo nos distraigan y nos hagan perder el norte y el sentido de la vida, porque así el Cuerpo de Cristo (todos nosotros) nos sentiremos más seguros, más fuertes en nuestra fe y capaces de soportar las grandes arbitrariedades de este siglo. Sabemos que Cristo fue criticado, denunciado, difamado, calumniado… esa ha sido una constate en el correr de los siglos. Hoy sentimos eso también, pero estemos seguros de que si estamos con el Señor, hemos de sufrir con él; si somos perseguidos, seremos perseguidos por causa de Él; si hemos de entregar nuestra vida, aunque sea lenta y gradualmente, hemos de hacerlo con el Señor.

Comprometámonos hoy con esta Eucaristía, con el Cuerpo y la Sangre de Jesús que vamos a consagrar en la bendición del pan y del vino con las palabras de la consagración, porque luego, como pueblo de Dios peregrino por esta tierra, alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Jesús y sostenidos en este avatar de los siglos, vamos a salir en procesión como testimonio de un pueblo vivo, que renueva su fe, que se fortalece en la esperanza y que va purificando su amor a Dios y a los demás.

Que todas nuestras acciones humanas, encuentren un sentido primero y último en la Eucaristía. De qué valdrían nuestras preocupaciones por las necesidades del mundo si no nacen primeramente de este encuentro íntimo, profundo, pero al mismo tiempo comunitario, de la Eucaristía.

Vivamos esta fiesta del Cuerpo de Cristi con una fe renovada, una esperanza firme y un amor que no claudique jamás.

 


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La imagen de la Virgen llega a la Catedral 16/08/2010

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